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El viaje eterno de Don Diego de Alvear

Han transcurrido, exactamente, 195 años de su fallecimiento. Pero su memoria sigue bien presente en Montilla, que hoy recuerda el aniversario de la muerte de uno de sus vecinos más insignes: Diego Estanislao de Alvear y Ponce de León, héroe visionario entre España y América y, sin duda, uno de los más ilustres militares, exploradores y hombres de negocios de los siglos XVIII y XIX.


Su luz se apagó para siempre el 15 de enero de 1830, a los 80 años de edad, dejando tras de sí un legado de valor, sacrificio y dedicación a su patria y a su familia. Sus restos mortales reposan en la iglesia de San Ginés, uno de los templos más emblemáticos del Madrid de los Austrias donde, curiosamente, muchas décadas más tarde recibiría cristiana sepultura Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés.

Prácticamente un año después del deceso, el 5 de enero de 1831, su viuda, Luisa Rebecca Ward, dirigía una carta a su hijo Diego, que se encontraba en Francia completando sus estudios. La carta, que ha sido recuperada por la Fundación Alvear, dice así:

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"Estamos tratando de hacer más honras de aniversario con todo el esplendor posible a tu amado padre. Es el último acto público de respeto a su memoria que puedo hacerle y quiero que todo el mundo sepa cuánto le amaba y cuán constantemente le lamento".

El escrito recuerda que "sus exequias en Madrid fueron y aquí hasta ahora nada público se ha podido hacer por no ser costumbre hasta el año, pero en ese día trato que se haga honras en todas las iglesias, pero con suntuosidad en la parroquia, con convite y asistencia general".

La compungida viuda, que había contraído matrimonio con su marido el 28 de septiembre de 1805, en la londinense iglesia anglicana de Santa Margarita, junto a la Abadía de Westminster, confesaba a su hijo que "nada dejaré que pueda servir a su alma, satisfacer a su familia y amigos y confundir a sus enemigos y trato de ver si algún día se podrá escribir su memoria".

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Una memoria, por cierto, que sigue muy presente en Montilla, donde el insigne militar había nacido el 13 de noviembre de 1749 en el seno de una familia adinerada y prominente de la localidad. Diego de Alvear y Ponce de León fue el tercer hijo del matrimonio formado por Santiago Alvear y Escolástica Ponce de León. Su abuelo, Diego de Alvear y Escalera, había fundado veinte años atrás las Bodegas Alvear, santo y seña de la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles.

Desde que tuvo uso de razón, el pequeño Diego recibió una educación estricta pero enriquecedora a manos de los jesuitas en Montilla y Granada aunque, en 1767, la expulsión de esta orden religiosa obligó a su familia a interrumpir su formación. Pasado un tiempo, cuando contaba ya 21 años, decidió forjar su propio camino en la Armada española, en la que ingresó como guardiamarina en 1770, alcanzando pronto el grado de brigadier. Fue así como dio inicio a una brillante carrera militar que lo llevaría a las Américas.

En efecto, en 1774, Diego de Alvear fue destinado al Río de la Plata, y pronto se unió a la Expedición de Cevallos (1776-1777) en la Guerra de Sacramento, un conflicto entre España y Portugal por el control de la Colonia del Sacramento, en la actual Uruguay. Tras la victoria española, se fundó el virreinato del Río de la Plata, y el insigne militar montillano permaneció allí durante casi tres décadas, tiempo más que suficiente para que su vida diera un giro definitivo.

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En 1781, Diego de Alvear contrajo matrimonio en Buenos Aires con su primera esposa, María Josefa de las Mercedes Balbastro de Agüero, con quien llegaría a tener nueve hijos, dando así inicio a una dinastía cuyas raíces e influencias se extenderían a ambos lados del océano Atlántico.

No en vano, entre sus hijos destacaba Carlos María de Alvear, figura central en la independencia argentina y fundador de una saga de políticos argentinos, como su nieto Torcuato de Alvear y su bisnieto Marcelo Torcuato de Alvear, quien llegaría a ser proclamado presidente de la República Argentina.

A lo largo de su estancia en el virreinato, Diego de Alvear desarrolló una labor pionera al liderar la delimitación de las fronteras entre los dominios portugueses y españoles. Por orden de Carlos III, debía dividirse esta frontera en cinco tramos para un estudio exhaustivo.

De este modo, el valeroso militar montillano fue asignado al tramo que cubría los ríos Paraná y Paraguay, donde pasó 18 años realizando estudios geográficos, botánicos y etnográficos sobre los pueblos indígenas guaraníes y tupíes, consagrándose como todo un explorador ilustrado.


Tal y como rememoró Montilla Digital el pasado 5 de octubre, en 2024 se cumplieron 220 años de la Batalla del Cabo de Santa María, la tragedia que marcó para siempre a Don Diego de Alvear. Y es que, mientras regresaba a España a bordo de la fragata Medea, junto a su hijo Carlos María, la flotilla en la que viajaban fue interceptada por una escuadra británica cerca de la costa portuguesa.

Durante el ataque, una bala alcanzó la santabárbara de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, en la que viajaban su esposa y el resto de sus hijos, quienes perecieron en el acto junto con el valioso cargamento que transportaba la flotilla al mando del insigne marino montillano.

El saldo de la batalla fue devastador para los españoles: 269 muertos, entre ellos, muchos civiles que viajaban a bordo, y 80 heridos. En contraste, las bajas británicas fueron mínimas, con solo dos muertos y siete heridos. La desproporción en las pérdidas reflejaba tanto la superioridad táctica británica como la ineficacia de la defensa española, carente de cohesión y desmoralizada ante la inesperada agresión.

La tragedia impulsó a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en diciembre de ese año y Diego de Alvear, herido de dolor, fue llevado prisionero a Inglaterra, donde recibió trato honorable. Fue allí donde conoció a la joven holandesa Luisa Rebecca Ward que, años después, se convertiría en su segunda esposa, justo antes de involucrarse en la defensa de Cádiz. Con ella concebiría otros siete hijos.

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En 1808, cuando las tropas francesas de Napoleón invadieron España, Don Diego de Alvear organizó la defensa de la ciudad. Como comandante de la artillería, logró la rendición de la flota francesa en Cádiz y la reorganización de las milicias locales. Estos cuerpos de voluntarios, conocidos como los “Voluntarios Distinguidos de Cádiz”, formaron parte esencial de la resistencia española y su destacada labor le valió la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo, así como el nombramiento de gobernador político-militar de la Isla del León, actual San Fernando.

La valentía y entrega del insigne marino montillano en la defensa de Cádiz inspiraron al escritor José de Espronceda, que le dedicó el poema A Don Diego de Alvear, convirtiéndolo en todo un símbolo de la resistencia española contra los invasores franceses.

Tras la Guerra de Independencia, Diego de Alvear intentó retirarse en Montilla, pero los vaivenes políticos de la España del siglo XIX le hicieron retomar la actividad pública. Así, en 1820, durante el Trienio Liberal, organizó una milicia en Montilla para enfrentar a las fuerzas absolutistas que buscaban restaurar el poder monárquico. Su éxito en esta misión le valió el cargo de comandante de la Milicia Nacional de Montilla y un breve retorno a Cádiz.

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Sin embargo, cuando en 1823 se reinstauró el absolutismo, el ilustre montillano fue obligado a replegarse. Sufrió además represalias, fue arrestado en varias ocasiones y experimentó dificultades económicas que lo persiguieron hasta el final de sus días en la capital de España.

Hombre de amplios conocimientos, dominaba múltiples idiomas, incluyendo el tupí y el guaraní, y contaba con formación en Astronomía y Matemáticas, ciencias esenciales en sus misiones de exploración y defensa. Entre sus escritos destacan Descripción de Buenos Aires y Demarcación de los territorios de España y Portugal, obras que reflejan la profundidad de sus conocimientos y su compromiso con los ideales ilustrados.

Hoy, 195 años desde su fallecimiento, su figura sigue viva, no solo en las tierras que defendió y exploró, sino en la tierra que lo vio nacer y en la memoria de sus descendientes quienes, a través de la Fundación Alvear, conmemoran su ejemplar legado de vida.

J.P. BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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